news200803 03

Retrato de Roberto Cuenca

A mi padre no le gustaba hacer obras por encargue. Creo que es bastante obvio el porqué de que no le gustara. Tenía una enorme capacidad creativa y siempre buscaba expresar sus emociones, fantasías e ideales a través de sus obras de arte. Yo conozco dos ocasiones donde fue confrontado a pedidos de coleccionistas. El primero que conozco es el que corresponde a la obra presentada aquí. David Cuenca, que era amigo y un ávido coleccionista de obras de Gurvich, le pidió, por el año 1967, que le hiciera un retrato a su hijo Roberto, que se había casado, a lo cual mi padre contestó enfáticamente “no me embromes, yo no soy un retratista”.

Este pedido volvió cada vez que se encontraban y un buen día, para sorpresa de David Cuenca, mi padre le contestó que bueno, que lo haría y que su hijo y nuera vinieran tales y cuales días para posar. Fue un cambio muy sorprendente y seguramente lo pensó mucho y tuvo sus razones para aceptar el pedido. Tal vez ya tenía en mente una serie que se manifestara a partir del retrato de Roberto Cuenca y Susana Pelenur.

A partir del retrato realista mi padre fue realizando una serie, con los mismos personajes, cada vez más abstracta, donde su mundo de imaginación se mezclaba con el retrato al natural. Gracias a David Cuenca, por insistir, y a mi padre por transformar, algo que aparentemente no era muy creativo, en una maravillosa serie de parejas. En el retrato aparezco yo a la derecha porque mi padre me invitaba, cuando yo volvía de la escuela, a quedarme unos minutos quieto bebiendo algo, para enriquecer la escena. Mi madre también aparece en el fondo, haciendo tareas de la casa.

La otra ocasión fue en Nueva York cuando su marchand le solicitó que hiciera una serie de festividades judías. Mi padre tuvo que pensarlo unos días y consultó y pidió consejo a su amigo Horacio Torres quien le dijo que no tuviera tanta aprensión, ya que todos los grandes pintores del renacimiento trabajaron por encargue. Y así fue que se lanzó a hacer una magnífica serie de seis festividades judías: Januca, Sucot, Shabat, Shavuot, Purim y Pesaj.

Martín Gurvich

news200803 04

Memorias de un retrato

Apelo a mi memoria, para narrar el proceso que llevó a plasmar un excelente retrato que pintó el gran artista plástico José Gurvich hace más de medio siglo atrás.

Corría la década de los años sesenta, más precisamente por 1964 cuando mi padre David Cuenca un apasionado del arte, entabló una cordial amistad con José Gurvich y su Sra. Julia Añorga más conocida con el apodo cariñoso de Totó.

Gratos recuerdos invaden mi interior, cuando concurría junto con mis padres a la casa de Gurvich ubicada en el Cerro, donde él tenía su taller. Allí disfrutábamos de extensas tertulias donde el nos mostraba su obra, tanto las que había pintado hacía ya varios años como así también los cuadros que tenía en ejecución. Confieso que a pesar de mi juventud yo quedaba fascinado al oír sus anécdotas y sus explicaciones de cómo hacía para realizar sus pinceladas de una manera tan natural que parecía que los personajes asomaban en el lienzo como por arte de magia.

Un buen día en una de las tantas charlas que mantenían, mi padre le pidió a Gurvich que le pintara un retrato mío junto a mi señora Susana Pelenur. No tuvo el eco esperado porque José le dijo que no pintaba muchos retratos y que en esa etapa de su vida estaba abocado a otra temática.

Lejos de darse por vencido, David volvió a insistir en varias oportunidades para que pintara el retrato, hasta que un día, para su emotivo asombro, se encontró con un agradable SÍ de José que le dijo: bueno, mi querido amigo, le voy a hacer el cuadro que me pide.

Acordamos con Gurvich concurrir a su casa una vez por semana los días jueves alrededor de las 14 horas. Allí había una mesa con dos sillas y sobre la mesa él colocaba en cada sesión una serie de objetos como ser una jarra, un bols, un plato con unos huevos, una panera de mimbre trenzado, una hogaza de pan, un florerito, un centro de mesa con unas manzanas y un cucharón de madera.

José nos pidió que ambos, sentados detrás de la mesa, nos diéramos un abrazo y en esa posición fue que posamos en las diez sesiones que insumió la realización del retrato. Siempre íbamos vestidos con la misma ropa.

Frente a nosotros dos, José colocaba su caballete, se sentaba en un taburete y comenzaba a pintar. En el interín, Totó recorría la casa haciendo las tareas del hogar, mientras que Martín, su pequeño hijo, jugaba afuera con sus amigos.

En cada nueva sesión, él miraba el cuadro para ver cómo tenía que armar los objetos que había colocado sobre la mesa y los reproducía fielmente.

Entre las varias anécdotas que recuerdo, en una de las sesiones en las que posábamos para el retrato, se acerca el pequeño Martín con un vaso en sus manos y lo apoya sobre la mesa y ahí mismo, en ese instante, Gurvich, con ese instinto nato que tenía para ver las cosas, le dice “quedáte quieto así Martín y agarrá el vaso con tus manitos, pues te voy a pintar en la tela que estoy dibujando”. Y así fue como figura Martín, su hijo, en el cuadro.

Algo jocoso ocurrió una tarde cuando estaba José muy concentrado pintando y de repente ingresan dos niñas corriendo a la sala donde nos encontrábamos y le dicen: “mire Gurbi que Martín le está tirando piedras a los perros” y José se rió, al igual que nosotros y les dijo “bueno niñas, vayan a jugar afuera que ahora yo estoy muy ocupado”.

En otras de las sesiones, Totó se encontraba caminando por una de las habitaciones del fondo, él la mira y le dice a su señora que se quedara parada un instante allí, que también la iba a pintar y es así como aparece Totó de perfil en el margen derecho del lienzo, donde también hay un cuadro colgado en la pared y tres cuadros dados vuelta apoyados en el piso.

Sobre el margen izquierdo del cuadro hay una ventana dibujada que no existía en la sala, pero Gurvich dijo que con el pincel la iba a colocar allí para que entrara más luz. También dibujó un espejo con un mago colgado de la pared y si se fijan bien, en el margen superior derecho sobre la cabeza de Susana, aparece dibujado un diminuto clavo con un hilo.

Una de las modificaciones que le hizo al retrato mientras lo estaba ejecutando fue que a mí me había pintado con un gorro azul sobre la cabeza y como no le gustó la composición nos dijo “ese gorro lo voy a sacar” y en definitiva mi cara quedó con el pelo como luce el óleo.

Una vez finalizado el cuadro, en el año 1967, se lo entregó a mi padre y él nos lo obsequió y con mucho amor lo conservamos por más de 50 años.

Esta es una breve síntesis de la historia de un retrato, a mi juicio extraordinario, que pintó el gran artista plástico y excelente amigo José Gurvich.

Esc. Roberto Cuenca
Junio 2020

news200803 02

Pongo ahora mis recuerdos...

Fue un tiempo muy lindo, todos los jueves ir al Cerro a posar para el cuadro...ya Roberto contó todos los detalles de la pintura en sí.

Lo que más recuerdo yo, eran las charlas con José, que también era muy amigo de mi Papá...

Hablábamos de todo, pero más que nada del oficio de pintor... Él consideraba que el oficio permitía la expresión y cuando no había buena luz, dibujábamos un poco...

También merendábamos en el descanso, ...no era fácil para mi estar quieta tanto rato!

Y nuestra broma favorita era que había un huevo, en especial, que estuvo siempre allí sobre la mesa y tratábamos de que no se cayera...estaba más que pasado!

Tengo los más lindos recuerdos de José, Totó y Martín chiquito.

Y el detalle de la misma ropa con calor o frío... nos reíamos mucho...

Susana Pelenur

news200803 05

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